El GIP es, junto con el GLP-1, una de las dos grandes incretinas: hormonas que el intestino libera al comer y que avisan al páncreas y al cerebro.
Durante años se lo consideró un callejón sin salida terapéutico. En personas con diabetes tipo 2 su efecto sobre la secreción de insulina parecía apagado, así que la industria se concentró en el GLP-1.
La tirzepatida cambió esa lectura. Al activar ambos receptores simultáneamente aparecieron efectos que ninguno conseguía por separado: mejor manejo de los lípidos por parte del tejido adiposo, mayor sensibilidad a la insulina y —un hallazgo inesperado— menos náuseas de las esperables para el grado de pérdida de peso alcanzado. Se atribuye a que la señalización GIP central atenúa la respuesta emética.
El resultado se ve en las cifras. En el ensayo SURMOUNT-5, que enfrentó directamente a ambas moléculas, la tirzepatida produjo un 20,2 % de pérdida de peso frente al 13,7 % de la semaglutida.
La retatrutida lleva la idea un paso más allá añadiendo un tercer receptor, el de glucagón, que aporta algo que ninguna incretina hace: aumentar el gasto energético en reposo.