El enlace peptídico es la unión covalente que se forma entre el grupo ácido de un aminoácido y el grupo amino del siguiente, liberando una molécula de agua en el proceso.
Es un enlace notablemente estable, y esa estabilidad es la razón de que las proteínas puedan existir. Romperlo requiere enzimas específicas —las proteasas— o condiciones bastante agresivas de calor y acidez.
Precisamente por eso la mayoría de los péptidos no funcionan por vía oral: el estómago y el intestino están llenos de proteasas cuyo trabajo es romper estos enlaces para digerir las proteínas de la comida. Un péptido tragado se descompone antes de llegar a la sangre.
Las excepciones son interesantes y explican bastante. El KPV conserva actividad oral por su tamaño mínimo de tres aminoácidos y porque un transportador intestinal lo lleva activamente. La semaglutida oral funciona gracias a un potenciador de absorción que la protege localmente, y aun así requiere tomarse en ayunas con poca agua. Los péptidos de colágeno funcionan justamente porque se digieren: los fragmentos resultantes son la señal.
El enlace peptídico tiene además cierta rigidez que limita las formas que la cadena puede adoptar, y esa restricción es lo que hace predecible el plegamiento.